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Ciencia y Tecnología
Argentina | 16-10-2020

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Mi hijo, el doctor...   
La narrativa de la chatura igualitaria implica un daño cultural, que achica ambiciones, fomenta el inmovilismo, el conformismo y la resignación, y consolida una filosofía que ha hecho enorme daño en la educación pública argentina: la del facilismo, el paternalismo demagógico y el aflojamiento de la exigencia.
UNIVERSIDAD ISALUD ( Argentina )
Rubén Torres (*)
Nací en una familia que por anhelo aspiracional se decía de clase media, pero tenía poder adquisitivo de clase baja, mis padres no eran universitarios, ni siquiera habían podido finalizar el secundario, urgidos por la necesidad de trabajar. Como muchos otros pedí ayuda para poder crecer. A lo largo de mi vida, solicité, fui evaluado y gané becas de estudio para poder perfeccionarme. Solo me hubiera sido imposible. Era el mensaje internalizado por muchos nietos de inmigrantes: terminar una carrera y buscar ascender socialmente.

Cuando el país atrajo millones de inmigrantes, éstos no buscaban empleo en el Estado, planes ni subsidios; creían que en la Argentina podían progresar con la dignidad que da el trabajo, sobre la base del esfuerzo y el mérito confiando que sus hijos podrían ser doctores. Esas generaciones encontraron en la educación pública un motor de superación social y la pobreza pudo ser acicate y no barrera infranqueable.

Los niveles altos y persistentes de desigualdad del ingreso desde fines del siglo XX se acompañaron de una baja movilidad intergeneracional. Una medida de ella es la relación entre el estatus socioeconómico de padres y sus hijos adultos, y una alta movilidad es clave para mitigar la desigualdad extrema, dado que se considera esencial para la igualdad de oportunidades.

La «persistencia» educativa intergeneracional se mide mediante la correlación entre los años de educación de padres e hijos. Un coeficiente alto significa que hijos con nivel educativo alto suelen tener padres con nivel educativo alto mientras que un valor cercano a cero significa que no hay ninguna relación entre el nivel educativo de padres e hijos. En la OCDE los países más móviles tienen un coeficiente de 0,19, muy por debajo del 0,44 de los países de la región, que oscilan entre Honduras y Guatemala, por encima de 0,50 y Argentina, aún por debajo de 0,35. La movilidad educativa intergeneracional está relacionada con la movilidad del ingreso intergeneracional, pero los dos conceptos no son iguales. Muchas veces se asocia riqueza con meritocracia, y recompensa con dinero. Se desconoce la felicidad de un joven pobre que entra a la universidad por sus propios méritos. Se desautoriza el valor del esfuerzo, el estudio y el trabajo duros, la disciplina, el mérito, el éxito.

Se eliminaron los cuadros de honor, porque se consideró inconveniente destacar a los mejores, en muchos colegios los abanderados se eligen por aclamación porque se considera más igualitario y justo, y se llegó a eliminar el aplazo por considerarlo estigmatizante.

La narrativa de la chatura igualitaria implica un daño cultural, que achica ambiciones, fomenta el inmovilismo, el conformismo y la resignación, y consolida una filosofía que ha hecho enorme daño en la educación publica argentina: la del facilismo, el paternalismo demagógico y el aflojamiento de la exigencia.

¿Cuánto prestigio tienen hoy la excelencia y el mérito; ¿cuánto se valora el talento? ¿Cuáles son los modelos de éxito que incorporan los más jóvenes? Se emparenta la meritocracia con la idea de exclusión e injusticia social.

Parece haber mayor simpatía por quienes llegan al poder, una banca o una candidatura por ser “hijo de”. Y se mira con indiferencia la crisis de la escuela pública donde debiera estar
el motor de la igualdad de oportunidades que ha dejado de importar, y que el Estado debiera garantizar, fortaleciendo los factores de homogeneidad social y emparejando la línea de largada. Hasta los 60, la escuela pública articulaba, formando en las mismas aulas a los hijos del juez y el obrero. Muchos de los académicos, empresarios y científicos de hoy son hijos de inmigrantes que trabajaron de albañiles o modistas. En el espíritu argentino culturalmente predomina una oposición a la riqueza. El papa Francisco expresó la esencia de esa corriente: “la riqueza es el estiércol del diablo”, un resumen perfecto de la morfología social que distingue a los argentinos. La riqueza es pecado, pero sólo un determinado tipo de riqueza y de rico: la que se produce como fruto del éxito lícito, y el que la obtuvo por la vía de la vida laboral legal.

Contrariamente, no se observan condenas firmes contra los que, incluso obscenamente, pavonean la riqueza que hicieron como consecuencia de actividades ilícitas, provengan ellas de la corrupción pública o de actividades delictivas “privadas” como el narcotrafico y la delincuencia común.

Hace mucho que el esfuerzo dejó de ser garantía de prosperidad en Argentina, desde hace décadas asistimos a un país empobrecido, donde hoy el aumento de las changas es interpretado como signo de reactivación. No basta con inventar ministerios de nombres rimbombantes ni jugar a empoderar a grupos creando derechos sin presupuesto.

En un país con la mitad de su población cayendo en la pobreza o ya definitivamente en ella, el discurso sobre la meritocracia tiene algo de hipócrita, cuando hace mucho se han ido corriendo hacia atrás las posiciones de largada de los pobres y los indigentes. Sus hijos casi no están equipados: no tienen ni las zapatillas ni la comida para la carrera del mérito, donde seguirán siendo desfavorecidos, y muchas personas que se han hundido en la pobreza estructural desde fines de los noventa han ido perdiendo habilidades y competencias laborales por lo cual deben ser reinsertadas en una sociedad que las ha olvidado.

Nos puede rescatar el ejemplo que nos legaron nuestros abuelos inmigrantes; el modelo de aquella Argentina que se forjó a sí misma, e hizo que a través del esfuerzo y el mérito hoy estigmatizados, los hijos vivieran mejor que los padres. No es extraño que muchos argentinos que creen en el esfuerzo estén emigrando hacia donde es valorado. Pocos países usan su aeropuerto como resolución de sus conflictos internos.

Siempre he creído que toda realidad futura se eleva sobre ideales y utopías, soñar es tarea fecunda. Nuestro país está a la vanguardia en el desarrollo de vacas transgénicas para producir leches terapéuticas; una empresa nacional lidera la industria mundial de vacunas contra la aftosa y saca fuerte ventaja en el concierto latinoamericano de la biotecnología. Cinco empresas nacionales integran la élite de los unicornios. Pero en buena parte del discurso, en las escuelas y las universidades parece estimularse cierto prejuicio como si, en el éxito hubiera algo sospechoso. Si no logramos cambiarlo, lo que probablemente surja (o, mejor dicho, se consolide) es una nueva nobleza, de mafiosos, funcionarios corruptos, y revolucionarios de pacotilla que vivirán como reyes, mientras otros argentinos se hundirán en una pobreza, que los condena a una vida ignominiosa.

(*) Rector Universidad ISALUD